Un brindis por…. Isabel de Madrigal, enero

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Un brindis por…. Isabel de Madrigal, enero

…siendo vestida con el hábito del bienaventurado pobre de Jesucristo san Francisco, en una sepultura baja que no tenga relieve alguno, salvo una losa llana con letras esculpidas en ella; pero quiero y mando que si el rey, mi señor, eligiere sepultura en cualquier otra iglesia o monasterio de cualquier otra parte o lugar de mis reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado y sepultado junto al cuerpo de su señoría porque la pareja que formamos en vida, la formen nuestras almas en el cielo y la representen nuestros cuerpos en el suelo. Y quiero y mando […] que las exequias sean sencillas, y lo que se hubiese gastado en unas grandes exequias se destine a vestir pobres y, la cera que hubiese ardido en demasía se envíe a aquellas iglesias pobres que consideren mis albaceas para que arda ante el Sacramento…

Lo veo, en cáliz de plata labrada por judíos en Toledo, el oro del verdejo amarga las papilas de la reina. Semblante serio, propio de su juicio y sus quehaceres. Manos aferradas a la copa para dirigir su fuerza allende los mares, a las Américas. Y un recuerdo a su tierra, a su Madrigal cubierto de viñedos y guindales y ahora separados por un reino.

…E digo e declaro que esta es mi voluntad, la qual quiero que vala por codiçillo, e si no valiere por codiçillo quiero que vala por qualquier mi última voluntad, o como mejor pueda e deva valer…

Leo con profunda curiosidad el testamento y el codicilo de Isabel la reina, sembrándome de historia, embriagada de sobriedad y vino, rendida a este bosquejo de fuerza que con belleza extraordinaria adorna la etiqueta de este verdejo Rueda, pajizo, brillante, transparente.

Y rememoro a Areúsa gritándole a la vieja Celestina un trago de ese vino de Madrigal que tanto gustaba, por bueno, a los hombres.

Y aquí, entre voluntades de mujeres fuertes, aparece intenso, pronunciado, con carácter dejando marcada la tierra, cuna de Reyes, obispos, cardenales y monjes; mortaja de literatos, pasteleros y nobles; habitáculo de historia y de poesía corriendo por las calles.

“Del vivir nace el cantar.
El cantar es como el vino
de sus uvas. En la copa
cae, sonoro y amarillo,
el vivir otoño: mano
que estrujara los racimos”

(José Hierro. 1922-2002. “Madrigal de cuanto sé de mí”)

El paseo silencioso, frío como las mañanas abulenses, pero sereno, me transporta al Medievo en su transición lógica a la Edad Moderna, retorno al claustro de los Agustinos, incienso, paz, corazón, y entono, para mis adentros “EL FUEGO (Ensalada)” de Mateo Flecha “el Viejo” y rememoro entre danzas palaciegas y silencios de convento siglos de historia y el auge madrigalense, sin soltar la copa de mi mano, ese caldo fresco, estructurado, goloso. Observo a El Tostado, nuestro clérigo, académico y escritor concentrado en su “Breviloquio de amor e amiciçia”, camino en silencio tras el féretro de Catalina, hija de Juan II y María de Aragón, muerta con tan solo cuatro años. Asisto entusiasmada a la boda del rey Don Juan con Doña Isabel de Portugal, saludo a Don Álvaro de Luna, condestable de Castilla, saliendo de las Cortes con paso firme y semblante serio. Rezo con el Tata Vasco, obispo de Michoacán, por el pueblo mexicano. Observo, a lo lejos, la mitra reluciente de Don Gaspar de Quiroga. Saboreo, con placer e intriga, un dulce de Gabriel Espinosa, afamado pastelero e instigador mientras leo, con un asombro de admiración a Don Emilio Rodríguez Almeida, sin dejar, en la soledad más profunda del alma, de recitar al más afamado místico que España ha dado.

“No te engañe el dorado
Vaso ni, de la puesta al bebedero
Sabrosa miel, cebado;
Dentro al pecho ligero,
Cherinto, no traspases el postrero
Asensio; den dudosa
La mano liberal, que esa azucena,
Esa purpúrea rosa,
Que el sentido enajena,
Tocada, pasa al alma y la envenena”

(a Cherinto, ODA IX. Fray Luis de León)

Erguidos en solitario tres arcos se mantienen aún en pie. Seiscientos años después camino silenciosa por Los frailes. Una ardua pendiente me lleva al cañón chico, el olor a humedad abre mis sentidos, apulgarados los ladrillos por el tiempo vivido y sentido, enlazados por una tierra blanca, suelta, perdida en los años, me conduce a la zarcera, limpia ya, sin rastro de lo que fue, oxigenadora y pura. Y que hoy no es, pero conserva la belleza infinita de la austeridad castellana. Sigo mis pasos casi imperceptibles, cambio de cañón, no de bodega, y aumenta el olor al trabajo de antaño.

Y le canto, como Peribáñez a Casilda
“No hay camuesa que se afeite
que no te rinda ventaja,
ni rubio y dorado aceite
conservado en la tinaja
que me cause más deleite.
Ni el vino blanco imagino
de cuarenta años tan fino
como tu boca olorosa,
que, como al señor la rosa,
le huele al villano el vino”

(Lope de Vega. “Peribáñez o el Comendador de Ocaña. Acto I”)

Miro, embelesada por la austeridad, esa joya del s. XVIII sobre una bodega del XV que ensalza este verdejo amarillo de reflejos verdes, agradablemente amargo, suntuosamente graso, con aromas a cítricos, a fruta blanca y fresca, a hierba limpia que entra en boca para acompañar una ensalada de pasta con queso de la tierra morañega, mientras sigue sonando El Fuego, y alimento el cuerpo, como alimento el alma. Ensoñando, soñando, fluyendo….. sigue la coral.. se apaga el fuego.

Brindo por ello….

 

Fuente: Tribuna Ávila (06/01/2017)
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